Julio Casado

Julio Casado

04 Nov 2015
Publicado en Proyecto Huerta

Diario de un hortelano en prácticas II

Hoy nos ha tocado hacer las fotos de cómo trabajaban todos nuestros compañeros.
Algunos estuvieron removiendo la tierra; otros dieron de comer a las lombrices, como todas las semanas, y sacaron el lixiviado, lo mezclaron con agua y regaron los cultivos.
También estuvimos en el invernadero, en el que hay unas semillas que sacamos el primer día.
Algunos también estuvieron entrando y saliendo del edificio, trayendo maderos al huerto.
Hubo personas de la clase que estuvieron trabajando una parte que no se había trabajado ningún año y nosotros la vamos a trabajar.
Al final, nosotras acabamos pronto las fotos y estuvimos trasplantando ajos.

11 Nov 2015
Publicado en Proyecto Huerta

Diario de un hortelano en prácticas III

Hoy nos ha tocado hacer las fotos de cómo trabajaban todos nuestros compañeros.
Algunos estuvieron removiendo la tierra; otros dieron de comer a las lombrices, como todas las semanas, y sacaron el lixiviado, lo mezclaron con agua y regaron los cultivos.
También estuvimos en el invernadero, en el que hay unas semillas que sacamos el primer día.
Algunos también estuvieron entrando y saliendo del edificio, trayendo maderos al huerto.
Hubo personas de la clase que estuvieron trabajando una parte que no se había trabajado ningún año y nosotros la vamos a trabajar.
Al final, nosotras acabamos pronto las fotos y estuvimos trasplantando ajos.

09 Sep 2015
Publicado en Proyecto Huerta

Diario de un hortelano en prácticas

HISTORIA DE UNA ESCOMBRERA

Hace muchos, muchos años, vivía un hermoso mastín en una tranquila zona del norte de Madrid. Más concretamente, en una pequeña parcela de un colegio familiar y entrañable, el Colegio Gondomar, de Galapagar. Durante la jornada escolar, pasaba la mañana ladrando amenazadoramente a cuantos alumnos osasen acercarse a sus dominios. Por las tardes, dormitaba plácidamente aguardando la llegada de los niños.

Así transcurrieron los años, hasta que una fría mañana invernal, nuestro amigo decidió dar una vuelta por el más allá. Y nunca más regresó.

Las primaveras fueron dando paso a los veranos. Y estos, a los otoños, quienes, gustosos, cedían su turno a los inviernos. A regañadientes, las primaveras volvían a hacer acto de presencia y así sucesivamente sin que nada alterase ese baile estacional.

En esas estábamos, cuando un joven e impetuoso profesor se fijó en aquel terreno, otrora el hogar del cánido y entonces convertido en una escombrera donde se almacenaban rocas, restos de ladrillos y malas hierbas. “¿Por qué no construir un huerto aquí?”, se preguntó el docente. Así que se armó de ilusión, soñó un proyecto ecológico y subió al despacho del director para hacer realidad sus metas.

Con mucha dedicación, unas pocas herramientas y una legión de entusiastas estudiantes, don Borja, el temido profesor de Ciencias Naturales, comenzó a transformar aquella parcela. Limpió la zona de residuos, allanó el terreno, delimitó los bancales y sembró esperanzas en aquella porción de tierra semiabandonada. Los primeros frutos no tardaron en llegar: unos calcetines abandonados lustros atrás, escombros por doquier, rocas milenarias y sonrisas a raudales por la satisfacción del trabajo bien hecho. De paso, recolectaron algunas fresas, unos cuantos rabanitos y alguna que otra cebolla.

El proyecto siguió adelante y las cosechas fueron aumentando; el huerto, además, se seguía transformando. El mencionado profesor decidió probar suerte allende los mares y, al finalizar la segunda recolección, partió rumbo a lo desconocido.

Llegó a estas latitudes un hortelano valenciano. Preparó el terreno, arrancó nuevas rocas a la tierra y… se marchó a estudiar koalas, a Australia. Una vez más, el huerto quedaba huérfano… aunque por poco tiempo. Una joven bióloga se apresuró a hacerse con las riendas del huerto y un nuevo impulso revitalizó la parcela.

Se marcaron los límites de los bancales, se siguió removiendo el suelo para desenterrar nuevas pedruscos, e, incluso, hubo tiempo y espacio para que los alumnos de infantil se sumasen al proyecto. Y las cosechas, aumentaron: zanahorias, cebollas, lechugas, rabanitos, acelgas… La antigua escombrera empezó a parecer un auténtico vergel.

La señorita Almudena, que así se llamaba la joven docente, contó con la ayuda de don Julio, además de la colaboración entusiasta de sus alumnos. Juntos continuaron impulsando el huerto y haciéndolo crecer. Aumentaron las tierras de cultivo, adoptaron a centenares de lombrices para regenerar y nutrir el suelo, inundaron de flores el huerto… Los alumnos de infantil se sumaron al proyecto, gracias a la iniciativa de la profe María, aumentando así la legión de pequeños hortelanos trabajando para crear un huerto mejor.

Para este curso 2015-16, se unirán al proyecto las profes Margarita y Virginia, también de Infantil; se creará la estructura del jardín vertical; se plantarán árboles frutales que nutran nuestros estómagos. Así mismo, los alumnos de primaria fabricarán un espantapájaros y los de guardería de la mañana seguirán alimentando a las lombrices. En definitiva, seguiremos trabajando para que la quimera de convertir una escombrera en un huerto escolar siga creciendo. Julio César Casado Cid Almudena Pérez Sandoval

06 Nov 2015
Publicado en Blog Secundaria

Noche de miedo en el Colegio

Un año más, los alumnos del Colegio Gondomar se han reunido para celebrar de una manera particular la noche de Halloween. Primero, porque se llevó a cabo unos días después de tan señalada fecha; en segundo lugar, porque fueron los propios alumnos del Centro los que organizaron esta ya tradicional velada. Y por último, aunque no por ello menos importante, porque esta actividad está destinada a recaudar fondos para el viaje de fin de curso del alumnado de 1º de Bachillerato.
Después de semanas intensas de preparación, contando con la complicidad de algunos profesores de secundaria y bachillerato, y con absoluta discreción, los citados alumnos fueron preparando los diversos escenarios para el esperado pasaje del terror. Aulas, pasillos, columpios y jardines se convirtieron, por unas horas, en los tétricos escenarios recreando un maléfico orfanato donde fueron asesinados varios inocentes niños. La misión de los alumnos de secundaria: averiguar al causante de tan horrendos crímenes.
Mientras los mayores ultimaban sus disfraces, los alumnos de secundaria disfrutaban de la merienda, entre algún que otro susto y algún que otro chillido. La hora de la verdad se aproximaba y ya el tránsito hacia la sala de cine-forum supuso un primer acercamiento a lo que el siniestro destino les deparaba… La intensidad de los gritos iba en aumento…
Muchos de los allí presentes desearon entonces que la película no llegase nunca al final. Pero, como casi todo en la vida, todo principio… Los corazones de los allí presentes empezaron a latir con una inusitada rapidez; los nervios comenzaron a hacer acto de presencia y la tensión se adueñó de la situación. Los primeros valientes salieron en pos de lo desconocido con el alma en vilo, el corazón palpitando y los nervios a flor de piel… El pasaje del terror comenzaba para ellos. ¿Sobrevivirían?
Acompañados por dos guías, recorrieron, unas veces acurrucados entre sí, otras a velocidades insospechadas, las diferentes paradas, a cual más terrorífica. Si miedo daban las temidas bellotas; pavor producía el hombre de la máscara. Si pánico causaban los enterradores; espanto las desquiciadas niñas cantarinas. Si habían logrado sobrevivir al exorcismo; tuvieron que hacer acopio de valor para no desfallecer en la sala de curas…
Si el pánico se hizo palpable con las gemelas de la pelota… la más absoluta de las angustias se apoderó de ellos con la niña asesinada de la ludoteca.
En el silencio de la noche, amparados por la más absoluta oscuridad, los gritos ensordecedores se empezaron a adueñar de la situación… ¡Gritos, sollozos, súplicas, gritos, chillidos ensordecedores, carreras, paradas y más gritos!
Solo los más valientes se atrevieron a vivir cada una de las pruebas como si realmente la historia fuese real.
Cuando ya vislumbran el final, con el miedo impregnado en el cuerpo y la tibia esperanza de alcanzar la salvación intentando aflorar, la sala donde se escondían los asesinos les esperaba. Quienes de allí lograban escapar, se dirigían raudos y veloces al comedor, no sin antes esquivar el último intento de algún maléfico personaje en busca de prisioneros, donde les esperaban agazapados, sanos y salvos, el resto de sus compañeros.
Una vez encendidas las luces, participantes, profesores y organizadores, comentamos, entre risas y anécdotas, las diferentes vicisitudes de la velada. Al fin y al cabo, es hermosa la sensación de que lo vivido había sido un juego. Ojalá todas nuestras noches de terror acabasen siempre entre miradas cómplices y sonrisas afectuosas.

02 Jun 2015
Publicado en Proyecto Huerta

Recolectando los frutos de nuestros sueños

     Tras diez meses de laborioso trabajo, recogemos el fruto de nuestro esfuerzo. Cada uno de nosotros ha aportado parte de lo mejor de sí mismo: hemos tenido que acarrear rocas, que dar de comer a las lombrices, que arar una tierra que, en ocasiones, parecía más un arenero que un huerto de labranza. Y, sin casi darnos cuenta, sin terminar de creernos que fuésemos capaces, hemos ido dando forma, creando, un lugar con vida donde antes había una escombrera.

     Pocos de nosotros creímos que esta tierra que parecía yerma daría frutos. Mirábamos con extrañeza a los profesores cuando nos enseñaban a manejar las herramientas o cuando nos instaban a esforzarnos para dejar un lugar mejor para nuestros compañeros de cursos inferiores. Salíamos entusiasmados por poder estar un rato al aire libre y, de repente, se obró el milagro. Es curioso como fuimos dándonos cuenta de lo que cambiaba el huerto semana a semana, gracias a nuestra labor.

     Por eso hoy, más que los frutos de nuestro trabajo, nos llevamos los frutos de nuestra ilusión. Porque a todos nos gusta imaginarnos un mundo mejor y nosotros, arando esta tierra, hemos aportado nuestro granito de arena para hacer del huerto, un lugar mejor.

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