09 Sep 2015

Diario de un hortelano en prácticas

Escrito por 

HISTORIA DE UNA ESCOMBRERA

Hace muchos, muchos años, vivía un hermoso mastín en una tranquila zona del norte de Madrid. Más concretamente, en una pequeña parcela de un colegio familiar y entrañable, el Colegio Gondomar, de Galapagar. Durante la jornada escolar, pasaba la mañana ladrando amenazadoramente a cuantos alumnos osasen acercarse a sus dominios. Por las tardes, dormitaba plácidamente aguardando la llegada de los niños.

Así transcurrieron los años, hasta que una fría mañana invernal, nuestro amigo decidió dar una vuelta por el más allá. Y nunca más regresó.

Las primaveras fueron dando paso a los veranos. Y estos, a los otoños, quienes, gustosos, cedían su turno a los inviernos. A regañadientes, las primaveras volvían a hacer acto de presencia y así sucesivamente sin que nada alterase ese baile estacional.

En esas estábamos, cuando un joven e impetuoso profesor se fijó en aquel terreno, otrora el hogar del cánido y entonces convertido en una escombrera donde se almacenaban rocas, restos de ladrillos y malas hierbas. “¿Por qué no construir un huerto aquí?”, se preguntó el docente. Así que se armó de ilusión, soñó un proyecto ecológico y subió al despacho del director para hacer realidad sus metas.

Con mucha dedicación, unas pocas herramientas y una legión de entusiastas estudiantes, don Borja, el temido profesor de Ciencias Naturales, comenzó a transformar aquella parcela. Limpió la zona de residuos, allanó el terreno, delimitó los bancales y sembró esperanzas en aquella porción de tierra semiabandonada. Los primeros frutos no tardaron en llegar: unos calcetines abandonados lustros atrás, escombros por doquier, rocas milenarias y sonrisas a raudales por la satisfacción del trabajo bien hecho. De paso, recolectaron algunas fresas, unos cuantos rabanitos y alguna que otra cebolla.

El proyecto siguió adelante y las cosechas fueron aumentando; el huerto, además, se seguía transformando. El mencionado profesor decidió probar suerte allende los mares y, al finalizar la segunda recolección, partió rumbo a lo desconocido.

Llegó a estas latitudes un hortelano valenciano. Preparó el terreno, arrancó nuevas rocas a la tierra y… se marchó a estudiar koalas, a Australia. Una vez más, el huerto quedaba huérfano… aunque por poco tiempo. Una joven bióloga se apresuró a hacerse con las riendas del huerto y un nuevo impulso revitalizó la parcela.

Se marcaron los límites de los bancales, se siguió removiendo el suelo para desenterrar nuevas pedruscos, e, incluso, hubo tiempo y espacio para que los alumnos de infantil se sumasen al proyecto. Y las cosechas, aumentaron: zanahorias, cebollas, lechugas, rabanitos, acelgas… La antigua escombrera empezó a parecer un auténtico vergel.

La señorita Almudena, que así se llamaba la joven docente, contó con la ayuda de don Julio, además de la colaboración entusiasta de sus alumnos. Juntos continuaron impulsando el huerto y haciéndolo crecer. Aumentaron las tierras de cultivo, adoptaron a centenares de lombrices para regenerar y nutrir el suelo, inundaron de flores el huerto… Los alumnos de infantil se sumaron al proyecto, gracias a la iniciativa de la profe María, aumentando así la legión de pequeños hortelanos trabajando para crear un huerto mejor.

Para este curso 2015-16, se unirán al proyecto las profes Margarita y Virginia, también de Infantil; se creará la estructura del jardín vertical; se plantarán árboles frutales que nutran nuestros estómagos. Así mismo, los alumnos de primaria fabricarán un espantapájaros y los de guardería de la mañana seguirán alimentando a las lombrices. En definitiva, seguiremos trabajando para que la quimera de convertir una escombrera en un huerto escolar siga creciendo. Julio César Casado Cid Almudena Pérez Sandoval

Visto 2720 veces Modificado por última vez en Martes, 08 Diciembre 2015 19:19
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